domingo, 27 de julio de 2014

La palabra y su silencio


Trujillo acogió el pasado mes de junio el IV Festival Internacional Ciudad de Trujillo. Como rezaba el lema, “La Música y la Palabra de España y América” tomaron diversos enclaves de la ciudad para desarrollar, durante diez días, conciertos, recitales, conferencias y actuaciones varias. Una loable iniciativa que viene a refrendar la buena disposición que brinda nuestra localidad a esta clase de eventos. Otra cosa bien distinta es el público trujillano, la sufrida ciudadanía autóctona que ve cómo de espaldas a sus necesidades prioritarias se programan actividades de corte elitista en una localidad que arrastra, con penosa terquedad, la carencia espantosa de una Casa de Cultura propia. Si cualquier municipio que se precie exhibe con orgullo la “casa de todos” que representan estos centros culturales abiertos a todas las manifestaciones creativas, artísticas y sociales de la comunidad, lo cierto es que los trujillanos no podemos hacer lo mismo. No tenemos Casa de Cultura pero sí Festivales Internacionales, Ferias Internacionales y Fiestas Internacionales, todo es internacional en Trujillo menos lo propio, que sigue siendo localista, barato y, a menudo, feo. 

Es el caso de nuestro Teatro Gabriel y Galán. El mismo edificio que otrora fuera -a juzgar por las crónicas, las fotografías y el testimonio de algunos testigos- emblema de la vida cultural y social de nuestra ciudad, es hoy un frígido habitáculo impersonal concebido para dejar escapar el calor en invierno y retenerlo en verano, merced a su techumbre de uralita. Asimismo, la programación que ofrece a sus gélidas y a menudo deshabitadas butacas a lo largo del año no alcanza a situar a Trujillo entre las ciudades destacadas del panorama escénico extremeño. Por más que hayan surgido importantes iniciativas ciudadanas empeñadas en recuperar ese espacio, lo cierto es que el Teatro Gabriel y Galán es hoy un baluarte que ejemplifica el poco interés que la ciudadanía trujillana, reforzada por la desidia política, muestra por sus espacios culturales. Lo mismo podríamos aplicar al Archivo Municipal, que guarda importantísimos documentos de incalculable valor histórico y científico relacionados con la historia de nuestra ciudad, y que sin embargo adolece de las condiciones mínimas exigibles para la óptima conservación, el estudio y la difusión que este valioso patrimonio sin duda merece.

¿Y qué diremos de la Biblioteca Municipal, todavía sin nombre? ¿A qué esperan las autoridades competentes para llevar a cabo la reforma que precisa este centro del saber? Hablamos, desde luego, de una reforma profunda, rigurosa y que no se resolverá -ay- cambiando simplemente su ubicación. La Biblioteca de Trujillo refleja, con penosa terquedad, todo lo que no debe ser una biblioteca. Si hablamos sólo de sus fondos, éstos se encuentran mal catalogados, pésimamente ordenados en las estanterías, parcialmente digitalizados, y lo que es peor: sólo se ofrece al público un porcentaje minúsculo (en torno al 30%, según la “documentada” fuente) de todo lo que constituye el patrimonio bibliográfico trujillano. Así, no debe extrañarnos que el expurgo sin consentimiento de autoridad política alguna haya sido práctica frecuente, como ya denunció el Club de Lectura hace algunos años, cuando encontramos, ante nuestros atónitos ojos, cajas y más cajas de cartón repletas de libros, revistas y álbumes fotográficos, además de donaciones varias, todas ellas apiñadas y listas para ser recogidas por el servicio municipal de limpieza. Mejor será ahorrar a los sufridos lectores la descripción de las innumerables faltas técnicas que presenta la actual biblioteca: baste indicar, como ejemplo, que actualmente la obra narrativa del Nobel Gabriel García Márquez se encuentra confinada en el cuarto trastero, junto a los cubos de la basura y demás utensilios de limpieza. 

Caso aparte merece el trato dispensado por el personal fijo de la Biblioteca al Club de Lectura, iniciativa ciudadana que cumplirá el próximo mes de octubre sus primeros diez años de vida. En efecto, desde 2004 un heterogéneo grupo de vecinos y vecinas de todas las edades venimos reuniéndonos en la Biblioteca cada miércoles para poner en común lo leído previamente en casa y celebrar, de paso, nuestra pasión por los libros y la buena conversación con un cafelito y unas pastas. Así hemos abordado ya 68 títulos y han pasado por nuestro Club más de 60 personas. Que la nuestra fuera desde el inicio una actividad impulsada por la Concejalía de Cultura, no evitó que nuestro colectivo formado por adultos y ancianos fuera expulsado de la Biblioteca por “hablar alto”, es decir, por hacer eso mismo que constituye el eje central de nuestra actividad. Estas increpaciones continúan a día de hoy. 

En base a todo lo expresado, cabe preguntarse qué papel ocupa verdaderamente la cultura en la vida social trujillana. Una localidad que pese a dar cobijo a sedes culturales y fundaciones de diversa índole, no ve reforzada con ello la vida cultural de sus ciudadanos porque simple y llanamente la mayoría de las actividades que se programan en ella o son elitistas o cuentan con una promoción que deja mucho que desear. 

Un buen ejemplo de esto último es la Feria del Libro. No podemos afirmar que este evento de reciente creación haya supuesto todavía un éxito de participación en los tres años que se ha realizado, ni siquiera a la luz de los datos que muestran un crecimiento significativo en cuanto a la asistencia de público y a la venta de libros. Lo que da la verdadera talla de lo mucho que queda por hacer es precisamente la escasa implicación de los trujillanos –personas, empresas y colectivos- en materia de cultura, el pertinaz desconocimiento de nuestra propia historia como pueblo, los bajos índices de lectura en una población con una media de edad avanzada, la escasa oferta privada, la desmotivación del comercio local, etc... Incontestable resulta recordar que, con anterioridad al nuevo modelo de Feria del Libro que trata de paliar estas deficiencias, Trujillo sólo contaba con un triste y simbólico mercadillo de libros de segunda o tercera mano. 

No sería justo reprochar únicamente a los gestores de lo público la pertinaz desidia que hacia nuestro propio patrimonio, nuestro saber y nuestra cultura mostramos los trujillanos. Desidia reforzada, eso sí, por largas décadas de olvido, desatención y distracción de las necesidades socioculturales que Trujillo como ciudad presenta, lo cual no ayuda precisamente a contrarrestar la caída vertiginosa del número de habitantes.

Y es en este punto donde conviene distinguir entre cultura y espectáculo, entre cultura y cualquiera de las formas de ocio bajo las cuales se alude interesadamente a esta palabra. No debemos perder de vista que en la raíz semántica del término “cultura” está “cultivo”, y más exactamente el “cultivo del alma y la mente”. Es meridianamente claro que la cultura refuerza la libertad y el sentido crítico del individuo favoreciendo la creación de un modelo de sociedad más justa. Esto es exactamente lo opuesto a ese otro concepto de “cultura” basado en el entretenimiento, la escasez de valores éticos y el amodorramiento sistemático de la población a base de potenciar sus instintos más primarios. “Todo es cultura”, he oído decir muchas veces a políticos acomplejados, gestores de lo público que sólo buscan el rédito electoral y cuentan sus acciones en virtud de ese objetivo. Mal le iría a Trujillo si cayera en la tentación de secundar ese camino desatendiendo las múltiples carencias de su ciudadanía en materia cultural, y convirtiera sus sedes y espacios en microcosmos cerrados, reductos para el refinamiento estético, reservas de dudoso privilegio destinadas a una élite, a menudo foránea y siempre temporal. 

Ajena al devenir del tiempo, la palabra encontrará siempre la manera de expresar lo que queda en los márgenes de la Historia Oficial. La palabra y su silencio. 

sábado, 26 de julio de 2014

Últimos días

Como buenos y fervorosos creyentes, hemos acudido al Centro Comercial esta mañana a preguntar cómo va el asunto del fin de los tiempos. A primera vista todo nos ha parecido como de costumbre: las salas llenas, la música -bendita sea- clamando impenitente por los altavoces, los fieles comulgando, los datáfonos echando humo... Todo en armonía y de acuerdo a la Ley Suprema. Ya nos íbamos a echar unos vinos cuando, al pasar frente al centro de los Testigos de Jehová, lo hemos encontrado abandonado, completamente vacío, es decir: sin un alma. Sólo el mensaje divino tantas veces repetido por ellos seguía rezando en el escaparate: "ÚLTIMOS DÍAS". 

Ahora tenemos miedo de habernos confundido de religión justo en vísperas de la hecatombe. No sabemos dónde escondernos aunque nos consuela saber que el fin del mundo nos encontrará elegantemente vestidos y con todas nuestras deudas pagadas.


lunes, 21 de julio de 2014

El sentido común


En última instancia, cuando la inteligencia desfallece, todos apelamos al sentido común, esa especie de piloto automático que no sabemos muy bien dónde empieza ni dónde termina. El sentido común es la plaza pública de nuestra conducta social, el garaje de nuestras creencias, el túnel de nuestra sensatez adormecida. A lo que no es egoísta, interesado, intencional... lo llamamos sentido común. Así dejamos que vele por nosotros en nombre de una inteligencia repartida en los otros, en la seguridad de la costumbre, en el tácito acuerdo de que las cosas siempre pueden ser peor. Gramsci decía que el sentido común es el folklore de la filosofía. Y no le falta razón. Pocas son las personas que se atreven a pensar por sí mismas, que rehuyen el lugar común y los dictados del sentido así llamado, porque en lo "común" se encuentra la comunidad, la comuna y por tanto la exención de responsabilidades. Pensar supone siempre un esfuerzo y no digamos ya actuar de acuerdo a ideas propias, a decisiones conscientes y elaboradas. Eso requiere no ya valor sino heroísmo. Para descansarnos del esfuerzo de ser libres está el sentido común. Prueben ustedes. Desobedezcan la lógica aplastante del sentido común y tracen su camino hacia la libertad. La reconocerán porque llega siempre en soledad.

lunes, 23 de junio de 2014

Belleza o Verdad

Ha ocurrido, ocurre con frecuencia, que alguien muestre o comparta ilusionado un texto que ha encontrado por ahí y que en la mayoría de los casos expresa, con rotunda claridad y usando un estilo si no bello al menos “bonito”, incontestables sentimientos universales. El párrafo o la cita viene siempre refrendada por una firma de “reconocido prestigio”, incluso para aquellos que no saben en qué consiste el prestigio de un escritor. Probablemente en no haber escrito en su vida bobadas semejantes. El caso es que estos artefactos no identificados gravitan como asteroides por la Red incrustándose en nuestras órbitas interestelares en forma de correo electrónico, imagen interactiva o powerpoint para reenviar a los contactos. Y así, dando vueltas y más vueltas por el ciberespacio, expanden su contaminada belleza estos textos de corte existencialista y actitud bienintencionada, siempre al acecho de lectores incautos.

En el Siglo XXI la posteridad tiene estas cosas: después de muertos, los autores célebres se convierten en apócrifos y terminan afirmando simplezas, defendiendo terribles causas a las que siempre fueron ajenos. Qué culpa tendrán Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Frank Kafka, Gabriel García Márquez o Julio Cortázar de que nuestra época marchita y sin gracia prefiera distorsionar sus palabras adaptándolas a la común necedad, en lugar de favorecer el conocimiento certero y duradero de sus obras tal cuales son. 

En cierta ocasión, viéndome forzado a denunciar la falsa autoría de un texto atribuido a Pablo Neruda, la persona que me lo ofrecía, sin duda herida en su orgullo, terminó espetando: “Qué más da que no sea de Neruda, a mí lo que dice me gusta”. Al final, como vemos, todo se reduce a elegir entre belleza o verdad, dos cualidades ya definitivamente alejadas del ideal romántico alentado por el poeta John Keats cuando aseguraba que “Verdad es Belleza y Belleza es Verdad. Esto es cuanto sabéis en la Tierra. Y nada más necesitáis saber”. 

Quizá el ser humano se resista siempre a vivir sin Belleza, a explicarse a sí mismo sin esta cualidad sobrehumana que todo lo transforma, otorgando esplendor a su anodina existencia. Pero no irá muy lejos si lo hace a costa de sacrificar la Verdad, razón primera y última de toda obra o pensamiento artístico. Esa Verdad tan a menudo incómoda que no entiende de formas, de gustos, de épocas, y que sólo encontramos en sus fuentes escondidas, los libros, esos recintos sagrados en los que sobrevive con el brillo incontestable de una estrella apagada.



lunes, 16 de junio de 2014

Maquillaje

Maquillamos el cuerpo. Maquillamos la edad. Maquillamos la biografía. Maquillamos el curriculum. Maquillamos las fotografías. Maquillamos el tiempo. Maquillamos los recuerdos. Maquillamos las noticias. Maquillamos los principios. Maquillamos las ideologías. Maquillamos los intereses. Maquillamos los sentimientos. Maquillamos la verdad. Maquillamos la mentira. Maquillamos el miedo. Maquillamos la risa.

Y llega la Muerte, con su rostro descubierto. Y de inmediato nos reconoce.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Palomeando

"Paloma" o "palomo", no olvides la triste realidad: lo que tus legítimos derechos no han conseguido solo tu cuenta corriente lo hará posible.

viernes, 25 de abril de 2014

Leer para creer

Durante la sesión del Club de Lectura de Trujillo, al analizar la poesía de don Antonio Machado, leímos, entre otros, los espléndidos poemas "Del pasado efímero" y "El mañana efímero". Más allá de la España de "charanga y pandereta" que el maestro clavó con precisión en la memoria colectiva, nos conmovió el retrato que realiza de ese hombre "que no es de ayer ni es de mañana / sino de nunca; de la cepa hispana / no es el fruto maduro ni podrido / es una fruta vana / de aquella España que pasó y no ha sido". Y nos conmocionó su visionaria predicción del mañana -que es el hoy mismo- "como la náusea de un borracho ahíto / de vino malo". 

Tras la reunión del club fuimos a tomar un café al bar más cercano. Pronto éste se fue llenando de parroquianos que se acomodaban para ver su partido de fútbol, con su copita y su cigarro, con sus móviles en silencio y sus moscas de salón revoloteando atontadas. En pocos minutos todo se llenó de voces y jaleo, de barullo, de risotadas, de tórrido hedor provinciano. Entonces nos dimos cuenta: absorta frente al televisor contemplábamos esa España de la que nos habló don Antonio Machado. 

Ha pasado un siglo, quién lo iba a decir. Los más jóvenes son los que han envejecido peor.

Empresa y familia

Empresa y familia son dos de las proyecciones más sólidas del ser humano. Ambas prolongan nuestro anhelo de inmortalidad y por eso mismo, tarde o temprano, ambas terminan mal.

jueves, 24 de abril de 2014

Día del Libro

No voy a engañarte: con la lectura se trata, en definitiva, de elegir entre ser feliz o ser libre. Si buscas lo primero da igual que devores libros o chocolatinas, que consumas drogas o televisión, que acudas a recitales o hagas el pino puente bajo el agua. Si buscas lo segundo, no encontrarás mejor camino que la lectura libre y desordenada de todo cuanto tu instinto te señale. No hay final feliz en el conocimiento porque no lo hay en la vida. Si consigues liberarte de ti mismo -de lo que esperas de ti- habrás logrado mucho. Leer conduce a detectar en uno mismo la estupidez ajena. Desprenderse de ella es tarea de espíritus elevados. Y ni aun así.