sábado, 5 de noviembre de 2016

Llerena, ciudad de las Luces

Cada miércoles, al traspasar la puerta del Complejo Cultural La Merced de Llerena, lo primero que llama mi atención es la continua actividad: allí un grupo de mujeres practica pilates mientras otras, allá, restauran tallas y pintan lienzos encaramadas a andamios y escaleras; en otra dependencia, un nutrido grupo de jóvenes y mayores aprende diseño digital; en la planta alta del noble edificio se imparte un curso de meditación y relajación. Nada perturba, sin embargo, la paz cartesiana del claustro. En una sala me esperan las compañeras y compañeros del taller de escritura creativa que imparto desde octubre. Ellas puntuales, rigurosas, pacientes, me reciben con sus mejores sonrisas. Él, Paco, único varón del grupo tras la ausencia de Basilio, viene desde Badajoz sólo al taller. "Mi pasión es la poesía -me dice-, por eso vengo gustoso a tu clase". Sus 234 kilómetros de ida y vuelta no sólo reafirman su pasión por la poesía, también la mía. Así es un placer.  


Mientras todo esto sucede, en la planta alta Manolo se encarga de organizar la agenda cultural del centro, atender a los distintos colectivos y velar, en fin, por el perfecto funcionamiento de las actividades, acogiendo todas las inquietudes culturales y sociales que la ciudadanía propone. Me explica que el Complejo Cultural funciona así porque desde la concejalía de cultura confían abiertamente en su criterio profesional, delegando en él la programación y gestión de este centro así como la del Museo Histórico, otro importante centro cultural de la ciudad. Con rayana desenvoltura me explica que en ocasiones su trabajo requiere, como ayer, trabajar en día festivo. 



Busco un rato para encontrarme con una de las bibliotecas más espectaculares de Extremadura, ubicada en una antiguo centro hospitalario de la Orden San Juan de Dios. Es la Biblioteca Municipal Arturo Gazul, el mejor ejemplo en nuestra región de adaptación de un espacio religioso a un ámbito de cultura. Al frente de este centro del saber se encuentra Francisco Javier Mateos -Curro para los amigos-, bibliotecario y coordinador de diversas actividades de dinamización lectora entre las que destaca un nutrido club de lectura. Pasar allí las horas supone el más dulce cautiverio que uno puede imaginar.

Entre libros, cuentos, poemas y palabras cae la noche mientras busco un rincón donde tomar un buen café. Lo mejor en estos casos es dejarse guiar por el olfato. Mi fino instinto me conduce hasta una taberna en la Plaza Mayor, justo entre la casa-taller donde vivió y trabajó Zurbarán y la figura del insigne pintor coronada en estatua a los pies de la iglesia: buena música, ausencia de televisores y un camarero amable ¡qué más se puede pedir! Ah, sí: un precio justo. Nada de tratar a los clientes como vulgares turistas. 

Abandono la ciudad con el murmullo metálico de los últimos negocios persiguiendo mis pasos. Todavía el encanto añejo de una juguetería me detendrá unos minutos frente al escaparate donde el reflejo de un niño contempla "cacharritos" que ya creía olvidados. 


Camino del coche me toparé aún con la Escuela Municipal de Música, que refulge con un jolgorio y una intensidad que ya quisieran algunos conservatorios. Pequeños y mayores a lomos de sus instrumentos doman esa fiera incasable llamada "técnica". De los altos ventanales desciende el Ave Verum como una bendición. Quedo mudo, sentado en un banco, dejándome empapar por el tono grave, solemne, de las voces. Se posan en mi memoria unos versos de Valente: "si este eterno es verdad, merecería / la pena haber venido / estar presente, dios, en esta cita tuya no anunciada"

Sí, es hora de marchar. 







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